Por: Ramón Antonio Veras.

 Para una persona elaborar una idea y alojarla en su conciencia debe haberla extraído de la realidad, de donde resulta que para escribir diciendo que lo único que le queda salvable a nuestro país desde el punto de vista ético y moral es la niñez, debí haberme formado semejante percepción tomando como base la realidad objetiva del país.

Al exponer la opinión anterior creo no haber descubierto nada nuevo ni desconocido; lo que he planteado con relación a la niñez como única reserva moral en nuestro país, no es una creación fruto de mi imaginación ni es una falsedad. El criterio desarrollado lo he sacado de lo que enseña la cotidianidad, está a la vista de todos y de todas y no entraña nada de artificio, cuento o fábula.

El medio social desde el cual saqué la idea de que la única esperanza de moralidad que le queda al país es la niñez, es el mismo que me ha servido de fuente y motivación para sostener que en el accionar político del país se hace necesaria la presencia de un material humano nuevo.

Un ambiente fresco se alcanza remozando el trabajo político para que no descanse en lo personal, sino en ideas. Hay que actualizar el concepto de militante y luchador social, para aislar a aquellos que se quedaron atrás y solo saben hacer politiquería basada en el personalismo. El trabajo político no se le debe confiar a quien se mantiene abrazado al inmovilismo que lo único que trae es lo retrógrado.

 Nadie con sano juicio discute la necesidad en el país de cambios verdaderamente democráticos, en interés de sectores sociales afectados hoy por el control que grupos minoritarios nacionales y extranjeros tienen del aparato económico y político. No hay que ser un cientista ni sabihondo  de las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad, para saber que por las condiciones materiales y espirituales que se encuentra viviendo la gran mayoría de nuestro pueblo, las transformaciones que precisamos resultan impostergables.

 Un sistema social no deja de existir porque sea injusto y aunque tenga dentro de sí a sus propios sepultureros; es necesario impulsar la lucha en su contra para que sea derrotado. Además, la brega debe estar bajo la dirección de luchadores consecuentes con el accionar político, es decir, por dirigentes que sepan interpretar sincera y correctamente la función que les corresponde. Por muy degradado que sea un sistema no desaparece a no ser por el impulso de fuerzas motrices que les sean verdaderamente adversas.

 Si estamos convencidos de que nuestro pueblo no debe continuar viviendo como hasta ahora, lo que procede es cambiar de rumbo para procurar cambios que sirvan de estímulo a las clases, sectores y capas sociales insatisfechas con el ordenamiento establecido. Este modelo conviene sustituirlo por otro diferente y para tales fines se hace necesaria la intervención de personas con una visión de la política distinta a la que se ha mantenido.

No basta con saber que la vida material y espiritual que padece la mayoría de nuestro pueblo no se ajusta a una existencia digna, como tampoco hay que pensar en resucitar prácticas políticas ya superadas. Hay que hacer florecer un nuevo método de dirección, actualizar el pensamiento rompiendo los viejos moldes de la politiquería arcaizante.

El ambiente político nacional hay que hacerlo adecuado para el hombre o la mujer que tenga las cualidades de aquel que prueba ser íntegro por su entereza ética y moral; y puede servir de modelo para formar parte de cualquier institución del Estado porque se supone que se manejará con pulcritud, rectitud y honorabilidad.

 La participación en la política está necesitando de un ser humano nuevo que venga a ella con un criterio distinto a como se ha ejecutado hasta ahora, que no es el más conveniente por lo menos para lo que se llama pueblo. Se requiere la presencia de actores que vean la política con desprendimiento; capaz de despojarse de ambiciones personales, algo así como aquella persona con sensibilidad para quitarse la comida de la boca para entregársela a otro. Desentrañarse de la mente el individualismo para inclinarse al colectivismo.

 El país quiere sentirse satisfecho con la presencia en la política de grupos humanos que sean coherentes en su prédica y práctica; que demuestren ser consecuentes en su proceder. Aquí la política ha estado huérfana de activistas que exhiban conformidad en su actitud ante la vida.

 Los hechos están demostrando que el pueblo llano está deseoso de encontrarse en el medio social dominicano con políticos que puedan ser comparados unos y otros y del careo resulte algo diferente, que el mensaje político que envíen no sea para turbar. Se impone el debate político con lucidez, no como el que hemos padecido que solo ha servido para el confusionismo que lleva a la equivocación.

No todos los seres humanos reúnen condiciones para dirigir las actividades políticas. Es necesario que el dirigente sea sensible y se identifique con la causa de aquellos que procura conducir a los fines de que logren los objetivos que persiguen. La buena intención no basta para llevar por buen camino las demandas de los representados; hay que orientar, aleccionar, bien llevar a quienes se busca disciplinar para que sean dueños de su propio destino. Sabe llevar la batuta aquel que aconseja, encamina y guía para que se liberen los dirigidos ejecutando sus propias acciones.

Carece de relevancia en el que aspira dirigir en política el solo hecho de ser carismático por cautivador a las masas. Además de identificarse con los que les siguen por simple encanto, el que hace de conductor político debe ser eficiente, demostrar capacidad de acción, ponerle  energía a sus tareas y tener poder de decisión. En todo momento probar que conoce la realidad del país, que la sabe interpretar, en sí, demostrar que es conocedor del medio donde se desenvuelve.

El hombre o la mujer que decide hacer labor de dirigente debe estar inclinado para arrojar luz en los momentos más oscuros del quehacer político, porque al pueblo hay que ponerle las situaciones en claro para que las acepte o las rechace. El dirigente que expone con sinceridad se gana la confianza de aquellos a quienes orienta. Es de sana dirección política desenmarañar los asuntos políticos más complicados para no sembrar ilusiones que luego se convierten en desaliento.

 Hay que buscar la forma de aislar a los hombres y a las mujeres que se quedaron atrás en el accionar político; procede tomar el trabajo directo confiando que los cambios van a venir, pero no desde el cielo, sino impulsados desde la tierra por los verdaderos transformadores que no son otros que aquellos que se mantienen con sus ideas rejuvenecidas, oxigenadas, aunque ya estén en la tercera edad. El tiempo vivido no cuenta en las ideas de los que permanecen actualizados en la acción social liberadora.

Hay que hacer que el ambicioso en la política ceda su espacio para que lo ocupe la mujer o el hombre modesto. Aquel que está formado para codiciar no aporta con sentido social, porque su anhelo por tener cosas materiales  le impide renunciar a sus pretensiones de acumular sin límites. El que ambiciona se mantiene con la mente fija en atesorar sin que su voluntad permita que le pase por su conciencia el desprendimiento. La concentración de lo que significa mercancía dinero enloquece a quien solo vive para acaparar.

Es una necesidad que a las organizaciones políticas vayan ciudadanos y ciudadanas que en su vida pública y privada han demostrado que de ellos pueden esperarse resultados positivos, porque con su proceder han probado que a su cargo pueden ser depositados recursos del erario porque han revelado ser entes sociales de fiar.

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