Por: Ramón Antonio Veras.

Tengo un deseo inmenso por escribir sobre los logros de mi país en la educación, porque creo que es la base para salir adelante, pero por mas afición de ánimo que tengo, la realidad me da en la cara cuando compruebo que a lo que aspiro en el orden educativo por ahora no es más que una esperanza atractiva pero infundada.

 Contento me sentiría si mis conciudadanos sobresalen en cualquier competencia que participan siendo el tema de la rivalidad relacionado con la instrucción que reciben a nivel primario, intermedio, secundario o universitario. Pero la alegría que quisiera disfrutar se frustra una vez certifico que en cualquier concurso los nuestros sobresalen, no por la buena formación escolar, sino por la deficiente preparación educativa que exhiben.

 La miseria nuestra en educación está, no solo en los niños, sino también en los adultos, lo que prueba que la falla es sistémica, no de particularidades. El hecho de carecer nuestros coterráneos de aptitud en lo educativo  no quiere decir que sean unos tarados, sino que la falta está en el material humano encargado de enseñar.

 Es evidente que no se está aplicando correctamente el conjunto ordenado de reglas y principios indispensables para que los alumnos asimilen lo que se les transmite  y adquieran los conocimientos relacionados con la materia.

En el estudiante no basta el talento, sino también precisa  de quién le orienta adecuadamente para que entienda lo que se quiere que asimile.

Si el profesor no explica con destreza la clase que imparte, es porque le falta capacidad; demuestra que no  posee la presteza  que debe acompañar a quien tiene la misión de ser productivo en la enseñanza. Aquel que no tiene el don de instruir, echa por tierra y lleva al desencanto al estudiante más talentoso.

Muchas veces la desilusión de un joven estudiante es el resultado de la falta de motivación de parte de su instructor que evidencia así no tener dominio para proporcionar conocimientos científicos o prácticos.

 Lo que exhibe el estudiante o el profesional de un país cualquiera es la fiel expresión del sistema educativo y la capacidad para enseñar de los profesores. 

Si lo que presentamos como ciudadanas y ciudadanos bien educados luego resultan ser un engaño, un disimulo, no hay duda que la falsía es responsabilidad del sistema y sus ejecutores que han producido una falsedad fruto de la falla en la doctrina y el que la practica.

 El que tiene por encargo  educar se eleva ante sus discípulos cuando les pone en condición  de entender las explicaciones que les hace. 

El que labora como maestro debe ser un verdadero conocedor de lo que aspira sea asumido por el que hace de estudiante, y demuestra luego haber sido aplicado porque bien asimiló lo que le transmitió su educador.

Prepararse es el resultado de la combinación de un buen maestro y de un diligente estudiante.

 Aquel  que decide ser maestro  previamente debe formarse la idea que va a dedicarse a una actividad que exige, además de preparación intelectual,  empleo a fondo para brindarle un servicio a la sociedad sin pensar en la remuneración económica. 

El que hace de la enseñanza  un trabajo habitual con entusiasmo está  respondiendo a una inspiración; a algo que le motiva respuesta a un  llamado a  cumplir por vocación.

  Cada quien debe saber si está obrando en forma apropiada o, por el contrario, ejecutando en forma  inexacta. Conviene proceder a rectificar una vez se confirma, en los hechos, que no se está actuando conforme a las reglas que impone la disciplina.

Corregir  es una decisión prudente cuando no se logra el objetivo perseguido.   

En el caso  específico de la educación en nuestro país, la realidad está diciendo que procede parar, detenerse a analizar el sistema educativo que se está practicando, así como los profesores que tienen la misión de llevarlo a las aulas para implementarlo ante los alumnos.

Maestro es sinónimo de entrega cuando lo demuestra ejecutando en forma consagrada. Asistir a las aulas a cumplir un horario por formalismo y ventaja económica, no es más que pura simulación para hacer creer generosidad donde solo hay ventajismo. 

La dedicación se ve materializada  por el éxito alcanzado, y en el caso de los profesores se comprueba por los triunfos que llegan a obtener sus alumnos.

La acreditación de aquel que enseña está en la aprobación que recibe de sus discípulos.

Debe  ser un objetivo a alcanzar  por la gente buena de nuestro país ser avanzados, por lo menos entre los iguales en desarrollo económico y social, superando las dificultades que nos lesionan en lo más profundo como comunidad que aspira salir adelante en el concierto de naciones civilizadas. 

La preparación escolar excelente a la niñez de hoy sería posible con un sistema de enseñanza que permita, con maestros  debidamente calificados, allanar el camino que nos llevaría a eliminar los tropiezos que hemos dado en la educación. 

Se impone romper con todo aquello que nos ha llevado al atolladero que nos lamentamos tener en todo lo que se refiere a formación y aprendizaje en general.

No son aislados los casos  que están ocurriendo que ponen en entredicho la efectividad de las normas y principios que aquí rigen el sistema de enseñanza.

La sospecha de la ineficacia de la educación se ha convertido en una certidumbre, y la presunción de falla en la enseñanza ya es algo fuera de toda duda.

 Se hace necesario que nuestro país cuente con ciudadanas  y ciudadanos que logren descollar en las ciencias y la cultura; sobresalir por una fina formación académica; despuntar por ser seres humanos distinguidos por su don de dominar las diferentes disciplinas de la enseñanza, en fin, los nuestros están en la obligación de probar tener cerebros  cultivados  por excelentes pedagogos. 

Se impone formar personas físicas identificadas como paradigmas de los que enseñan a aprender y señalan la pauta de lo que debe ser emulado para superarlo.

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