Por: Ramón Antonio Veras.

El trayecto que lleva hoy la generalidad de los integrantes de la sociedad dominicana en cuanto a su proceder, no es el que quieren aquellos que consideran que el camino a seguir a nivel de conducta, debe ser otro, muy distinto al actual que no pinta nada halagüeño.

 Sin mucho esfuerzo nos damos cuenta que por la manera de actuar de amplios sectores sociales, se impone dedicarle toda la atención posible, el cuidado necesario a nuestra niñez, para lograr de ella lo mejor que podamos sacar, con la educación doméstica.

Los padres deben ser perseverantes con los niños; estar pendientes de sus actuaciones; escucharlos, mantener aguzadas las orejas; muy finos los sentidos; no quitarles los ojos de encima, en sí, sobre ellos tener puestos los cincos sentidos, porque distraerse, no hacer caso a sus actos equivale entregarlos a la voluntad de aquellos con los que les es fácil juntarse.

El hogar debe convertirse en un centro de formación originaria, dirigido con sentido especial; desempeñando los progenitores el papel fundamental con sus consejos, advertencias y observaciones. Más que papá y mamá, los padres tienen que ser consejeros, asesores, mentores, guías e inspiración.

 Por necesidad, forzosamente estamos obligados a motivar a los padres para que desde lo más profundo de su corazón, saquen comprensión, dulzura y ternura; desarrollen estimación, suavidad y zalamería, y se las transmitan a sus chiquillos para lograr que reciban con agrado los mensajes que les dirijan.

 Los padres pueden con su prédica dulce y reiterada, alcanzar que en el mañana nuestro país tenga en su seno mujeres y hombres que actúen con el convencimiento de que solamente la persona útil tiene significación, merecimiento en la comunidad donde vive.

 Si orientamos a nuestros chiquillos en el sentido de que deben levantarse como ciudadanos y ciudadanas de ayuda, de rendimiento para la colectividad, vamos a contar con colaboradores, auspiciadores modelos para servir, entregados a las buenas causas.

 La infancia nuestra hay que educarla para que crea en el rendimiento como objetivo, para que en el futuro sea dueña de una patria prospera; de mujeres y hombres abrazados al trabajo, al desarrollo como forma de accionar con eficacia. Allí donde están los prácticos, positivos y valiosos, escasean los infructíferos.

A los párvulos, a los infantes desde ya hay que fijarles en su mente la idea de que el medio social dominicano que merecemos y necesitamos será obra de ellos, que será el legado halagador que van a dejar a las generaciones venideras, y que para tal fin están obligados a desarrollarse siendo oficiosos.

 Un nene es posible enseñarle a ser en el mañana un adulto de bien, siempre y cuando sus padres lo integren a la sociedad bien criado, enseñándole lo que debe hacer y no hacer. Disciplinar, pulir la mente ha de ser una labor de los maestros del hogar.

 En la medida que el país cuenta con personas que manifiestan disposición de utilidad, está en condiciones de salir adelante, porque solo el que es útil conviene y elimina toda posibilidad de perjuicio.

 Si logramos levantar seres humanos preparados, diligentes y trabajadores, podemos construir un porvenir luminoso que aspiramos. Ningún conglomerado progresa desarrollando holgazanes, remolones, indolentes y zánganos. El inútil solo sirve como necio, ocupando el espacio que no merece.

 El grupo humano que con su accionar valioso, apreciado y de mucho quilates demuestra eficacia, es retributivo. Contrario a quienes carecen de relevancia por su ineptitud, inutilidad y ausencia de motivación de laboriosidad. Trae inconveniencia al medio donde vive aquel que no es más que un parásito social.

El aprovechado hace uso de sus malicias, utiliza las mañas para vivir placenteramente, como todo un ventajista y ganguista habitual. En forma diferente se comporta el diligente, proficiente y trabajador que siempre tiene por delante la idea de rendir para que la sociedad progrese.

El que es útil está presto para avanzar, funcionar y movilizarse, mientras que el inútil se mantiene estacionado, desactivado, algo así como un vehículo frenado, porque se conserva atrincherado, amparado en la haraganería, cobijado en todo lo que bien lo coloca al margen del esfuerzo productivo.

 Los pueblos avanzan en base a los que estimulan, mueven los brazos o activan la mente; pero dañan aquellos que se comportan como atrofiados mentales, entumecidos para pensar o anquilosados para actuar. Ellos son los que por su propia voluntad se declaran en estado de aniquilados por inutilidad conveniente.

 El país precisa de seres humanos formados para prestar servicio, hacer de ejemplo laboral, empleando el tiempo, atendiendo a lo que sea constructivo; haciendo obras que sirvan como demostración de lo que es el espíritu creador, edificante y levantador.

Para lo que en verdad se llama pueblo dominicano es una necesidad contar con personas que con su talento se multiplican, se hacen abundantes, y por ser diligentes logran expandirse, incrementando el deseo de superación de sus coterráneos. 

-La vida nos ha enseñado que aquel que le es útil a la sociedad, llega a ser merecedor de consideración, y con el tiempo se hace notable por su laboriosidad; destacado, sobresaliente y distinguido porque sirve como paradigma a la comunidad por sus aportes relevantes.

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